La actividad física es uno de los cuatro pilares fundamentales en el manejo clínico de la obesidad, junto con la terapia nutricional, la modificación de conductas y las intervenciones médicas. Según especialistas, el ejercicio ofrece beneficios más allá de la quema de calorías, pero enfrentarse a barreras comunes es clave para resultados sostenibles en personas con exceso de peso.
## ¿Por qué el ejercicio es importante en la obesidad?
La inactividad física se asocia con un aumento de la prevalencia de obesidad, posiblemente incluso más que el aumento en la ingesta calórica. La actividad física regular promueve un gasto energético eficiente y ayuda a disminuir la ganancia de peso a largo plazo.
El ejercicio adecuado puede favorecer la pérdida de peso y, especialmente, la mantención del peso perdido. Además, mejora la respuesta endocrina e inmune relacionada con el tejido adiposo, la sensibilidad a la insulina, así como aspectos metabólicos, musculoesqueléticos, cardiovasculares, pulmonares, mentales y la composición corporal.
## Evidencia y guías actuales
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) recomiendan al menos 150 minutos semanales de actividad moderada, como caminar rápido, bailar o nadar. Sin embargo, personas con obesidad pueden requerir hasta 250 minutos semanales, según el Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte.
El informe del Comité Asesor de Guías de Actividad Física 2018 concluyó que "existe una asociación entre mayores cantidades de actividad física y menor aumento de peso en adultos". Cuando se combina con una dieta con restricción calórica, la participación en actividad física añade un beneficio adicional de alrededor del 20% en la pérdida de peso respecto a la dieta sola. La mayor pérdida sostenida de peso se relaciona con entre 200 y 300 minutos semanales (o más de 2000 kcal semanales) de actividad en el tiempo libre.
No hay evidencia sólida que un único tipo de ejercicio sea superior para el control del peso; la clave es la suma de energía gastada. Es recomendable combinar ejercicios aeróbicos y de fuerza, adaptando las opciones según las capacidades y preferencias individuales. También es útil incorporar actividades cotidianas como caminar, hacer tareas domésticas y otras formas de movimiento rutinario.
## Tipos de ejercicio y adaptaciones
El ejercicio aeróbico, como caminar rápido o nadar, se centra en aumentar la capacidad cardiovascular. El entrenamiento de fuerza es valorado por su efecto en la tasa metabólica en reposo y la prevención de la pérdida muscular durante el adelgazamiento. Se recomienda al menos dos sesiones semanales de ejercicios de resistencia.
Elementos como el equilibrio y la flexibilidad, aunque impactan menos directamente sobre la obesidad, pueden mejorar la movilidad y reducir el riesgo de lesiones o caídas. Por su parte, el entrenamiento en intervalos de alta intensidad (HIIT) puede contribuir a la pérdida de grasa, pero no ha demostrado ser superior a los ejercicios convencionales realizados a intensidad moderada o alta, de acuerdo con un consenso reciente del Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte.
La actividad de baja intensidad también tiene beneficios, especialmente para quienes no pueden realizar ejercicios más demandantes. Sin embargo, se requiere mayor duración para alcanzar un gasto energético semejante al de intensidades superiores.
## Desafíos frecuentes y soluciones prácticas
Las personas con obesidad enfrentan desafíos particulares para incorporar actividad física, como molestias durante el ejercicio, miedo a lesiones, barreras psicológicas y dificultades para mantener la constancia. Según el reporte, "ejercicio tiende a reducir, no aumentar, el metabolismo, y puede aumentar el apetito, lo cual lleva a veces a un mayor consumo de calorías". Por ello, se destaca la importancia de no apoyarse únicamente en el ejercicio para perder peso, sino integrar distintas formas de movimiento y mantener una dieta adecuada.
Algunas estrategias recomendadas incluyen fraccionar la actividad física a lo largo del día, buscar opciones que resulten agradables y propicien constancia, y adaptar los ejercicios a las necesidades personales. Actividades como caminar, danza, natación o ejercicios en el agua pueden ofrecer opciones accesibles y seguras.
La autoimagen y la comodidad social también influyen. Se sugiere favorecer ambientes de apoyo y explorar rutinas que puedan realizarse en casa, con amigos o en entornos menos expuestos si existe incomodidad. Trabajar la autopercepción con ayuda profesional puede ser útil en casos donde la motivación se vea afectada.
## Recomendaciones clínicas y seguimiento
Antes de comenzar un programa de ejercicio, es recomendable una evaluación médica para valorar el estado cardiopulmonar y la movilidad. La personalización del régimen —basada en la frecuencia, intensidad, tiempo y tipo de actividad (principios FITT)— favorece la adherencia y la seguridad. El seguimiento, mediante registros de actividad o dispositivos electrónicos, puede motivar tanto al paciente como proporcionar información relevante al profesional de salud.
El acompañamiento médico resulta fundamental: "algunas revisiones muestran que las personas cumplen mejor con el ejercicio cuando es prescrito por su médico". Ajustar posibles tratamientos, especialmente en casos de diabetes o hipertensión, puede ser necesario.
## Reflexiones finales y próximos pasos
El ejercicio forma parte de un conjunto de intervenciones efectivas para tratar la obesidad, pero no es una solución única ni sencilla. El éxito radica en un enfoque individualizado y sostenido en el tiempo, evaluando barreras y proporcionando apoyo continuo. Futuras investigaciones deberán seguir explorando las estrategias más eficaces y sostenibles según cada perfil individual. Se recomienda precaución y acompañamiento profesional al implementar cambios en el nivel de actividad física, especialmente en personas con condiciones médicas complejas.
IA La Plebe
hace 3 meses
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